Decido cuidarme aún en momentos de frustración

Siempre que hablo de mi alimentación lo hago desde los aspectos positivos. Siempre les he contado cómo me ayudo y cómo me hizo crecer pero hablo muy poco de las frustraciones o las veces en las que me he llenado de ansiedad al punto que no saber ni que comer.

Mi veganismo fue una decisión, yo racionalmente decidí poner en línea mis valores con mis acciones y con esto limitar el consumo de productos animales. Pero también les quiero contar que hubo un periodo en el que no sabía ni que comer y donde todo se puso en “jaque”.

Realmente fueron impulsos no decisiones, y con ellos me llene de frustración más que de cualquier otra cosa. Contarles el porqué lo hice es sencillo, estaba un poco cansada de sentirme mal por no tener opciones, de sentir que no encontraba platos otros de ensaladas y especialmente de molestar o hacer pasar a otros un momento incomodo. Hubo un periodo de tiempo en el que cedí mis valores y mis ideales, fueron de alguna forma los meses más duros en cuanto a mi alimentación. Volví a consumir solo helados, huevos y queso causándome tanto mal que no puedo ni pensar en hacerlo de nuevo.

Pero lo importante no es que volví a comer esto, sino dos aspectos que cambiaron mis restricciones y comida para siempre. El primero es una pregunta sencilla que tienen todos ustedes mientras leen esto. ¿Porque volví a comer estas cosas?

Esta pregunta es fácil de contestar y de alguna forma ustedes también conocen la respuesta. Hoy creo que en mi vida maneje la presión social súper bien, hasta que hablamos de mi alimentación. Les he contado que en mi familia y las personas cercanas a mi no comparten mis hábitos. Estaba rodeada de personas que preguntaban si enserio iba a comerme o tomarme mis recetas, estaba acostumbrada a que comer fuera incómodo, a qué me señalaran cómo “loca” o “extremista” y que mi alimentación fuera un tema en cada reunión social. Al punto en el que realmente sentía era incómodo y donde los veía comer y tentarme a cosas que yo recordaba eran gloriosas. ¡Entonces comí!

Los primeros años cuando me hice vegana mi dieta era estricta, sistemática y de alguna forma muy restringida. No comprobaba galletas, ni tortas de carne de soya, ni siquiera recuerdo comprar sustitutos de queso. No consumía ni siquiera productos de marcas que no fueran veganas y libres de contaminación cruzada. Ósea no consumía casi nada o todo lo tenia que hacer yo. Y ese fue mi problema, el segundo punto importante de esta historia. Yo misma me puse en una situación llena de restricciones, negándome lo que quería y solo añorando y acumulando ganas de comer pasta con salsa de queso y un galón de helado. Pudiendo haber tenido las opciones.

Esa frustración y esa restricción hizo de mi alimentación algo insostenible. Y pues obviamente cuando me di el espacio de comer con tantas ansias mi estómago no lo tomo bien. No puedo describir la sensación como algo que no fuera “rechazo”. Mi estómago no lo lograba, mi piel no lo lograba y mis ideales no me dejaban. Ahí es donde me di cuenta que no había fallado en escoger mi alimentación vegana, que no había fallado en mis ideales sino más bien en la forma en la que no me permití comer con libertad. En la forma en la que me negaba muchísimas cosas y solo me concentraba en comer perfecto. Mi veganismo y mi alimentación debían ser compasivos hasta conmigo y mis antojos.

Entonces logre entender lo que pasaba. Si quería tener un estilo de vida de esta manera, completamente libre de cualquier producto animal no podía privarme de comer delicioso, de una hamburguesa y helados. Debía alinear mi realidad también, no era sólo mi comida y acciones debía ser posible antes que limitarme; entonces aprendí a buscar el equilibrio. Y durante un año o más lo logre y mi cuerpo me lo agradeció, se sentía diferente.

¡Hasta que la vida me dio una sorpresa más! Y cómo cualquier persona que tiene una intolerancia les cuento que siempre padecí del estómago. Siempre pesada, siempre incómoda, muchas cosas me caían mal y en mi casa incluso las náuseas eran constantes. Durante una semana comí trigo hasta no poder más y después de ignorar a mi mejor amiga, después de negarlo, de excusarlo e ignorar mi cuerpo, lo entendí. Era todo verdad, yo simplemente no procesaba el gluten y volvió a mi esa sensación de rechazo. Y un rechazo que ni siquiera puedo describir. Cuando confirmamos esto volví a la misma sensación de frustración, de no saber que comer, de vida estricta que les conté. Pero esta vez era peor porque mis ideales no son negociables, mi estilo de vida vegano es parte de mi y para las preparaciones sin gluten el huevo es clave. Entonces entré en un dilema, yo escogí el veganismo pero no mi intolerancia, yo no me enfermé jamás como cuando mi cuerpo consume gluten. Era mi salud la que estaba en juego.

Recuerdo las personas cercanas no entendían de nuevo. Recuerdo mi novio me dijo qué tal vez era psicológico, recuerdo mi mamá culpar a mi veganismo por no poder comer en algún lugar y como no entendían que era un tema de salud, recuerdo mis tías pensar que era demasiado extraño. ¡Y otra vez tenia toda presión con respecto a mi alimentación!

Por unos meses reduci el consumo de gluten pero los fines de semana me daba luz verde de pizza o hamburguesas. Hasta un día, que no les miento si les digo que sentí me iba a morir. Mezcle alcohol (súper poco) con una hamburguesa con gluten y mi cuerpo entro en crisis. Yo lloraba, me sentía muerta, mi cuerpo no respondía, me temblaba todo, la cabeza iba a explotar. Pero mi decisión me llevo a ese punto.

¿Que iba a comer sino podía consumir gluten (que para los que no saben está en todo lado) y ningún producto animal?

Ahi fue donde tuve que tomar una decisión. Me senté a llorar, gritar, patalear y realmente decidir que iba a hacer y de que forma lo iba a lograr. Podía decidir ignorar mis ideales y vivir con culpa dejando de lado mi veganismo, podía decidir descuidar mi salud y lastimar paulatinamente mi cuerpo con cosas que no podía procesar o como última opción, cuidar y amar mi cuerpo. Podía decir amarme y ser paciente con mi proceso, aprender a vivir libre de gluten y de acuerdo a mis ideales sabiendo que no iba a ser sencillo. ¡Por decir poco!

Decidí cuidar mi cuerpo, aprender de el, escucharle y conocerle. Decidí tener personas cercanas que me cuidan y me recuerdan que debo priorizar mi salud mientras me acompañan en momentos de frustración o antojos. Con ellos he hecho miles de inventos, miles de recetas (uñas increíbles y otras que nadie se comería) y miles de lloradas también. Decidí también inspirarme por personas que comen delicioso aun con restricciones. Decidí no comparar mi proceso con el de nadie más. Decidí buscar ejemplos de personas que lo han logrado. Decidí ser humilde y entender que me iba a equivocar pero eso estaba bien, aún equivocándome lo iba a hacer con amor.

Decidí que aún en momentos de frustración iba a cuidar mi cuerpo primero. Y iba a compartir de mi experiencia porque si podemos dejar cosas de lado y enfocarnos en cuidarnos con nuestra comida.

No les puedo mentir, me equivocó aún y aún extraño el gluten y lo chicloso del queso en mi vida. Sueño con pizza, pan tostado y galletas, pero mi cuerpo está primero y cuidarme es lo más importante.

Pao

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